En un mundo tan lleno de cantamañanas como es el de la Psicología, este señor es uno de los que más confianza me inspiran. Lo que pasa es que cuando algo o alguien me entusiasma me resulta imposible escribir algo medianamente a) completo, que exprese bien lo que pretendo y b) hacerlo de forma ordenada. Así que mejor hago referencias:
A primera vista, Martin Seligman es un hombre serio, muy serio, de una seriedad casi inquietante. Buscamos en su despacho de la Universidad de Pensilvania en Filadelfia algún objeto sonriente que sirva para aligerar la foto y romper el hielo, pero él mismo nos disuade diciendo que ése en un modo de «trivializar el mensaje», que prefiere mostrarse tal cual es, antes que decir «cheese» («queso») con una sonrisa engañosa y forzada. Luego resulta que sonríe, pero de un modo muy distinto a esa sonrisa facilona y superficial de sus paisanos. Sonríe seriamente o a la europea, por así decirlo. Lo hace con el rigor que cabe esperar de un científico que se ha empeñado en descomponer la esencia de la felicidad para poder medirla y multiplicarla.
Durante gran parte de su carrera se dedicó a lo que la mayoría de los psicólogos: el estudio de los traumas, los trastornos y las miserias del ser humano. De la «desesperación» pasó al «optimismo», y de ahí a La Felicidad Auténtica (Ediciones B), que se convirtió en bandera de la psicología positiva, la rama más pujante de una ciencia renovada que él mismo impulsó como presidente de la American Psychological Association.
Una respuesta estupenda:
P.- ¿Podemos comprar la felicidad?
R.- Bueno, eso es lo que Hollywood nos hace creer, y está muy arraigado en la cultura norteamericana, en contraste con la cultura europea… Digamos que la cara sonriente y el optimismo, la parte más superficial y aparente, son las contribuciones americanas a la psicología positiva. Mientras que la parte seria de la felicidad, la que tiene que ver con el propósito de la vida, es la herencia europea. Por eso me niego a posar junto a la típica sonrisa. Eso es, en todo caso, una caricatura de la felicidad. La felicidad es algo mucho más profundo y serio que un rostro sonriente.
«Había una vez tres muchachitas que fueron a la academia de policía. Les asignaban misiones muy peligrosas. Pero yo las aparté de todo aquello y ahora trabajan para mí. Mi nombre es Charlie»
Una de las series de mi infancia. Gracias a ella mi vecina y yo fundamos Las Gatas Enmascaradas remedo de nuestras heroínas de la pantalla, y nos dedicábamos (libreta en mano) a resolver los crímenes del barrio. Gracias a nuestras pesquisas llegamos a descubrir que los mayores1 fumaban. Y nos metimos a hurgar en todas las casas abandonadas que por entonces abundaban en Arturo Soria.
En fin, que de todo aquello: THE END.
Y bien está.
Es decir, la pandilla de la hermana mayor de Almudena, que tenían tres años más que nosotras. [volver]
Pues resulta que una de las cosas que más rabia me da es tirar comida. Y por otro lado la fruta no me gusta cuando está un poco pasada y está blandurria, dulzona y con trozos chungos. Así que he descubierto un par de cosas:
* Para aprovechar los plátanos, un batido: plátano, leche y un poco de azúcar.
* Para las peras: hacer compota. La pelas (la fruta), la troceas y la pones en una cazuela con un par de cucharadas de agua, otra de azúcar y un trozo de cáscara de limón. Queda guay. (La receta original, aquí).
En ambos casos se puede echar, opcionalmente, canela. Como yo no tengo, pues no.
* Las manzanas: las descorazonas (físicamente, claro), les echas un poco de azúcar por el hueco y algo de azúcar. Al microondas un par de minutos o así.
Rectificación: En realidad con los plátanos no hago un batido; los abro, pongo cara de asco y se los dejo a mi compañero en el plato para que se los coma él, que no tiene tantos remilgos con la fruta.
Gastroenteritis el día anterior + resfriadillo hoy (¿tendré la gripe esa?) + mal tiempo para andar en bañador mojada encima de una bicicleta + comentario desafortunado de alguien bienintencionado que me hunde (empiezan a proliferar los comentarios sobre lo conveniente de sacrificar a mi perra) = ESPANTÁ ESPIRULÍNICA TRIATLÉTICA
“Por trece motivos” es una novela que nos habla de la responsabilidad. De esa dimensión de nuestro ser que nos hace capaces de responder de nuestros actos y de nuestras omisiones. Lo que hacemos y lo que dejamos de hacer tienen influencia, grande o pequeña, en las personas con quienes nos relacionamos. No todas las consecuencias son previsibles, pero muchas de ellas sí. No todas son graves, pero algunas sí.
No se puede ir por la vida actuando de manera irresponsable. Como si fuéramos estúpidos o inconscientes. O, lo que es peor, como si no tuviéramos conciencia de lo que es el bien y lo que es el mal. No se puede actuar como si aquellos o aquellas con quienes nos relacionamos no tuviesen sentimientos y emociones. Como si no les afectase absolutamente aquello que decimos, hacemos o dejamos de hacer. La irresponsabilidad es, etimológicamente, la incapacidad de dar respuesta de los propios actos. Psicológicamente está asociada a la inmadurez o a la deficiencia mental.